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El Segundo Vigilante, un guía nativo en un país desconocido, o el ejemplo masónico de Baloo y de Babalí, personajes de tebeo

cm oficios de la logia

GABRIEL JARABA

La versión original de este artículo ha sido publicada en el nº 29 de la revista Cultura Masónica, en un número dedicado a los oficios de la logia.

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Se cumple este año el centenario de la aparición del primer número del TBO, la publicación infantil que, con las revistas ilustradas de Bruguera, contribuyó a modelar la educación sentimental de los ciudadanos españoles del siglo XX. Aquella generación a la que se llamó “hijos de Marx y de la cocacola” fue la que se extasió con los inventos prácticos del profesor Franz de Copenhague y las peripecias de la familia Ulises; la que se compadeció de Carpanta y el loco Carioco que aparecían en Pulgarcito y quiso luchar contra la injusticia de la mano del Capitán Trueno, Goliath y Crispín. Comenzamos a leer con los tebeos, nuestros videojuegos de entonces –véase que no entrecomillo videojuegos—y aprendimos a ver lo que suele estar oculto a la simple vista al habituarnos a leer entre líneas y al atinar a construir significado por nosotros mismos de manera libre y autodidacta. Para algunos, entre tebeos comenzó el camino de nuestra iniciación masónica.

 

 

  1. Al encuentro de la mirada iniciática

Si realmente supiéramos ver podríamos leer el mundo como si de un libro se tratase, pues sus páginas se hallan desplegadas ante nuestra vista para que quien tenga oídos para escuchar entienda. La idea del liber mundi, que va más allá de la tradición cabalística y atraviesa de cabeza a rabo el esoterismo occidental e incluso lo desborda, es consustancial a la concepción iniciática del mundo. Esa manera de considerar la vida es común a la mirada científica y a la mirada mítica, que no se oponen entre sí sino que se complementan y aun más, se necesitan mutuamente. Hay un futuro para la vía iniciática si sus sostenedores saben aunar razón y sentido en una sola mirada, una visión que no solamente no pretenda un mundo desencantado sino que aspire a reencantarlo interactuando con él, pues el desencantamiento del mundo no nos ha librado de demonios y fantasmas, como creía Carl Sagan, antes nos ha traído algunas abominaciones nuevas y también nos ha devuelto otras que creíamos desaparecidas. Encantar algo es cantarlo, hacerlo canción –en-cantar–  y eso es lo que ha venido haciendo la cultura desde el inicio de los tiempos, pues Homero y los suyos fueron creadores –que es lo que quiere decir poetas– de historias concebidas para ser cantadas, aprendidas de memoria e interpretadas en el seno de un grupo unido entre sí por el sentimiento de saberse todos la canción de carrerilla. Pero el mundo-libro demanda ser descubierto, examinado, leído, interpretado y cantado, porque si no es así sus letras y palabras, que somos los propios seres que lo habitamos, se marchitan y acaban por morir.

Qué mejor pues que las historietas para desvelar lo oculto, y bien que lo supo el hermano Rudyard Kipling cuando escribió El libro de la selva. Como todas las historias verdaderas, la obra tiene abordajes múltiples o diversos niveles de lectura. Los niños la consumen como un cuento infantil, de relato fantástico se ha convertido en tebeo, ha llegado a ser un éxito cinematográfico como espectáculo para toda la familia y a todos ha dejado tocados por la figura del oso Baloo, acogedora y cálida, que se complace en el juego, la danza y la canción, es decir, en el arte de la vida encantada. Kipling hizo de los tres personajes centrales de la asamblea animalaria, Akela, Bagheera y Baloo, trasuntos del Venerable Maestro, el Primer Vigilante y el Segundo Vigilante de la logia, y no por casualidad se esmeró en perfilar la personalidad de este último. Pues es el Venerable Maestro quien inicia al aprendiz pero le corresponde al Segundo Vigilante su instrucción, que no es una simple comunicación de conocimientos sino algo de mucha mayor enjundia: ajustar al neófito a la sintonía de la vida en la logia, es decir, la vida sin más.

En el TBO que ahora cumple cien años la contraportada que cerraba cada cuaderno estaba dedicada a un personaje heroico: el explorador Morcillón, pionero en el descubrimiento de tierras vírgenes, tocado con un salacot blanco de resonancias coloniales y asistido por Babalí, un porteador negro cuya publicación estaría hoy prohibida por el imperativo de la corrección política. Morcillón era el héroe pero el protagonista acababa siendo el canijo Babalí, modesto y servil que llamaba “amito” a su contratador y que detrás de su humildad mostraba su verdadero saber, en forma de conocimiento del terreno, sentido de la oportunidad y sobre todo, capacidad de ver lo que otros no ven. Mientras el explorador marchaba al frente de la expedición con aire marcial y acababa metiéndose en tremendos berenjenales a causa de su petulancia, el porteador que le seguía se convertía en el verdadero guía, cuya visión profunda y realista del mundo y de las cosas se sustentaba, precisamente, en su humildad para pasar inadvertido.

Babalí y Baloo, uno en Africa y otro en Asia, productos ambos de obras artísticas de intención diferente en épocas históricas distintas, muestran características comunes porque responden a intenciones ejemplificadoras semejantes. Exhiben en sus caracteres una cualidad profunda propia de la vida real, la capacidad de salir adelante en medio del caos y la confusión causadas por la ignorancia, el orgullo, la estupidez y las asechanzas del mal. Son personajes que se expresan en un mismo entorno arquetípico como es la jungla, un terreno desconocido en el que ingresa el hombre ilustrado dotado de voluntad de dominio en un caso y el preadolescente ingenuo provisto de su voluntad de vivir y pasión por el descubrimiento en el otro. La jungla india y la sabana africana son aquí campos de juego en los que todos podemos reconocernos al percibir en ellos características del reto vital al que afrontamos , y los personajes arquetípicos que en ellas se desenvuelven se fundamentan en la perenne tarea del héroe que tan bien expresó Joseph Campbell basándose en la obra de Vladimir Propp sobre el estudio de los cuentos populares rusos y que se ha desarrollado en mitologías contemporáneas como las de El señor de los anillos de JRR  Tolkien, Las crónicas de Narnia de CS Lewis, La guerra de las galaxias de George Lucas y las aventuras de Harry Potter de JK Rowling. Sea en la jungla india o en las frondosidades de Hogwarts, el aprendiz se halla en idéntica situación: la exigencia del cumplimiento de su destino. Los personajes ayudantes del héroe –el aprendiz es ese héroe—tienen como tarea asistirle en la realización de su imperativo vital. Y esa es precisamente la tarea del Segundo Vigilante en logia, la misma que la de Baloo y la de Babalí.

 

  1. La ardua tarea del Segundo Vigilante

El Babalí dibujado por Marino Benejam en el TBO y el Baloo escrito por Rudyard Kipling en El libro de la selva tienen una cualidad en común: son arquetipos del guía nativo que introducen al recién llegado a tierra ajena en un modo de estar, de ser y de vivir distinto al de su país de origen. Babalí es, como Baloo, bienintencionado y alegre, despreocupado por su imagen personal y por el qué dirán, centrado siempre en la necesidad de aquél a quien sirve y desapegado de toda solemnidad. Baloo y Babalí tienen la rara habilidad de reparar los daños involuntarios causados por el imperio de la autoridad y la no menos apreciable capacidad de hallar caminos que rodeen ciertas dificultades quizá objetivas pero a menudo causadas por las ganas de complicarse la vida que el imperativo de la autoridad suele mostrar. Ambos encarnan por cierto una recomendación de la Ley Scout a menudo olvidada ante otras más grandilocuentes, y que es “el scout sonríe y silba ante las dificultades”. Akela, Bagheera y Baloo se incorporaron al movimiento scout cuando fueron organizadas las unidades infantiles de lobatos y con ello quedaron unidos para siempre el simbolismo masónico, el espíritu caballeresco y la voluntad descubridora en las tres unidades fundamentales en que se expresa el escultismo. El pequeño lobato que se inicie en el movimiento será acogido y guiado, aun hoy, por uno de los tres líderes de la manada, trasuntos de las tres luces de la logia, llamado precisamente Baloo, del mismo modo que el aprendiz será instruido tras su iniciación por el Segundo Vigilante.

No es fácil ser Baloo ni Babalí porque si saber ver es tarea ardua, más lo es enseñar a aprender a ver. El universo simbólico que constituye la logia es un país desconocido que permite ser descubierto, reclama ser explorado y exige el aprendizaje de una nueva manera de vivir en tierra extraña. Y esa tierra es extraña porque, por más que el candidato a la iniciación masónica conozca de antemano poco o mucho de la logia y sus símbolos su introducción en ella es una situación que no se da en la vida civil convencional

La peculiaridad que tiene la decisión de hacerse iniciar en masonería es que la insensatez que ello supone está compuesta del material con el que se forman los mejores sueños. Y hablo de insensatez porque en todos los campos de la vida uno suele cuidarse de conocer bien lo que le espera tras la toma de una decisión. No es así en masonería: al candidato a la iniciación se le reclama un acto de confianza que no le sería exigible en ninguna otra actividad humana, y él se entrega a la decisión asumida con plena consciencia, o por lo menos un poco, de que tan grave decisión que desemboca en un juramento solemne va a ser tomada en plena ignorancia de cualquier otra cosa que no sea saber que nada de lo que será objeto de juramento o promesa repugnará a su cualidad humana y cívica.

Se dirá lo que se quiera pero cuando un profano llama a las puertas del templo lo hace sin tener la menor idea de lo que va a representar su entrada en masonería. Por más materiales que haya leído, por más ilustrativas que hayan sido las conversaciones mantenidas con masones con los que haya contactado, solamente la vivencia personal le puede conceder plena conciencia de lo que el trabajo constructivo masónico se trata. Y es así como debe ser: un camino, una experiencia, una circunstancia, son iniciáticos no porque puedan pertenecer a una tradición, no porque se hayan mantenido a lo largo del tiempo a causa de su transmisión de una persona a otra, ni siquiera porque hagan referencia a lo simbólico, lo sagrado o incluso lo numinoso. No; una cosa es iniciática por el hecho de que no puede ser comprendida más que:

  • Por haberla vivido de primera mano y haber hecho su experiencia de modo personal, íntimo e intransferible. La experiencia iniciática es exactamente igual que la persona humana: única, singular e irrepetible, porque únicos e irrepetibles somos los humanos en la singularidad de cada individuo.

 

  • Porque después de la experiencia la vida ya no vuelve a ser la misma que fue; existe en la iniciación una semilla potencialmente transformadora. Esa transformación no es religiosa ni tiene origen externo a la mente humana sino que forma parte del “equipo de serie” con el que venimos al mundo: en toda bellota reside un roble, que puede dar origen a un árbol frondoso o bien terminar en el estómago de un cerdo bien alimentado.

 

  • Porque experiencia fehaciente y transformación latente impulsan al ser humano a actualizar el potencial que conduce a la realización. Y eso también forma parte del “software” personal. El impulso puede interrumpirse o frustrarse pero el hecho de la iniciación habrá, siquiera sea por instantes, días o meses, abierto ante la vista del iniciado la posibilidad de ser quien de verdad podría llegar a ser.

La iniciación masónica no es un sacramento y por eso no imprime carácter ni produce transformaciones ex opere operato, la iniciación masónica es transformadora y consistente porque su experiencia personal y directa es lo único que puede dar cuenta de ella; ni el ritual, ni la ceremonia, ni un texto, ni un símbolo pueden conferirla y de hecho, todos estos elementos mencionados, que forman parte de la misma, son únicamente mediaciones. Mediaciones entre la experiencia directa del hecho iniciático y la conciencia de quien la experimenta.

Mares de tinta recogen la afluencia de los miles de ríos de insensatez escrita y hablada sobre lo que la iniciación es o puede significar. Y, cosa curiosa, el concepto de iniciación podría ser comprendido de una manera muy sencilla, de acuerdo con su etimología: in-ire, es decir, entrar. Entrar, ¿dónde? Entrar en el interior de las cosas, del mundo y del devenir más allá de la apariencia de la superficie que vela, disimula y engaña. Entrar, ¿hasta dónde? Entrar hasta el punto y el lugar en el que la realidad se revela Tal Cual Es de modo que la estupidez que usamos para defendernos a nosotros y defender lo que consideramos nuestro se derrumba para dar paso a la visión de Lo Que Es.

La tarea del Segundo Vigilante no consiste pues en simplemente ilustrar al aprendiz sobre posibles significados atribuibles a los símbolos de la logia sino servirle de guía nativo para aprender a vivir en su nuevo país. Toda iniciación auténtica es autoiniciada (y si no es así no es iniciación) porque nadie puede hacer una experiencia en lugar de uno mismo. De ahí lo bondadoso del talante de Baloo: es consciente de la peculiar situación en que se encuentra el aprendiz, no puede masticar el nuevo alimento en su lugar y sobre todo no le está permitido imponerle interpretación dogmática alguna de los símbolos. Si así fuera bastaría con un cuaderno instructivo a memorizar y a asimilar, pero el aprendiz necesita tener a su lado a un hermano, a alguien que deberá, o no únicamente, mostrarle maneras de considerar lo simbólico sino a una persona que le podrá  servir de ejemplo. Para ello el Segundo Vigilante debe ser tan humilde y eficiente a la vez como el africano Babalí, tan asequible y alegremente atento como el oso Baloo, porque la solemnidad y la excesiva seriedad son la sal que deja exhausto el delicado terreno de lo iniciático que demanda ser cultivado con cuidado y esperanza. El Segundo Vigilante es confiado y alegre porque sabe que todos juntos en logia estamos tratando con algo muy característico de la condición humana y muy delicado por cierto, que es la estupidez.

Cuando el candidato a la iniciación es recluido en la cámara de reflexión para pasar la prueba de la Tierra observa una advertencia inscrita en su pared: “Vigilad y perseverad”. Tal admonición deberá ser tenida en cuenta durante todo el sendero iniciático pues no es una mera indicación procedimental sino una actitud ante la vida y las cosas. Cuando el aprendiz haga su primer trabajo con la maza y el cincel se dará cuenta de que es la perseverancia persistente representada por aquél y la vigilancia en la rectitud de intención representada por éste las virtudes que deberá aplicar a su empeño. Pero la vigilancia requerida es la prevención imprescindible ante esa oculta tentación de la estupidez petulante y la tontería temeraria que se esconden siempre en las sombras de la propia personalidad no esclarecida.

Se suele olvidar que la imagen que ilustra esa admonición es un gallo, símbolo del despertar temprano y de la sensibilidad a la luz del sol naciente, pero igualmente sujeto propicio al despliegue de la vanidad en la exhibición de cresta, plumaje y espolones, de modo que su arrogancia en el porte señala una vía directa que le conduce a la cazuela, para más inri en tiempos del solsticio de invierno, magna celebración del San Juan masónico de esa estación astronómica. Es por eso que la mencionada  inscripción mural que vemos cuando nos encontramos en la prueba de la Tierra, instándonos a la vigilancia y la perseverancia, no sólo es un consejo prudente sino la advertencia tanto de un riesgo como de un destino: el riesgo de la arrogancia que conduce a ser devorado por la estupidez (la propia y la de los comensales reunidos para dar buena cuenta de la vianda) y el destino nobilísimo de todo gallo de raza que se precie:  terminar asado para servir de alimento a quien necesita nutrirse, de modo que bien está lo que bien acaba (los sabios sufíes Rumí y Shams de Tabriz equiparan la realización espiritual y el cumplimiento del Ser a un proceso culinario en el que el buscador se asa a fuego lento hasta su total transformación).

Pero eso sucede en todas partes y con todas las actividades humanas. Las aspiraciones más altas de las gentes no suelen estar libres de cierta arrogancia que les lleva a ser devorados en el gran banquete del mundo, del mismo modo que el pavimento mosaico de la logia nos recuerda que el infierno está empedrado de buenas intenciones y que cuando caminamos sobre una superficie que ha sido construida por otros debemos tomar la precaución de comprobar el estado del pavimento para no tropezar con una baldosa mal ajustada y caer de bruces.

De ahí la aparente despreocupación cantarina de Baloo al mostrar que la vida es danza y el optimismo de Babalí que avanza persistente por la senda del explorador (actitud que nos recuerda la marcha del aprendiz, que no es un avance solemne y marcial sino una progresión tentativa, exploratoria y flexible). La actitud alegremente esperanzada y la alegría contagiosa es el antídoto a aplicar cuando las tenidas acaban pareciendo misas, los hermanos que decoran las columnas se visten como señores que asisten a un bautizo antiguo y los oradores que intervienen en los trabajos olvidan añadir “en mi modesta opinión y puedo estar equivocado” a sus intervenciones.

 

  1. La iniciación como desengaño

Hemos escrito en este texto, sin ambages, palabras tan desagradables como estupidez y tontería. Muchas religiones, creencias, métodos y caminos ponen ante quien pudiera desear seguirlos la promesa de unas posibilidades excelsas, aseguran el camino hacia determinadas formas de salvación o iluminación y proponen diversos recorridos tendentes a la perfección personal. Ninguna de ellas se enfrenta de cara a algo que está en el corazón mismo del método masónico, que es nada más ni nada menos que una constatación avant la lettre de lo que hoy día conocemos como Principio de Peter: si algo puede ir mal, lo hará. Cuando el compañero francmasón sea exaltado a la maestría hallará que la leyenda del grado es un relato mítico que describe a la perfección el aspecto oscuro de la condición humana y que la ceremonia que le introduce al tercer grado simbólico tiene que ver directamente con la decepción y el desengaño respecto a los entusiasmos que parecen luminiscentes y no son otra cosa que el disimulo más o menos acertado con el que se desea velar la compleja y contradictoria condición humana.

El camino de la masonería, que consiste en transformar la piedra bruta en piedra pulida, no es una promesa de gloria ni de iluminación. Es, nada más, pero nada menos, que el acompañamiento hacia el encuentro de la más radical humanidad. Por eso el aspirante a la iniciación ha de ser “libre y de buenas costumbres”: la libertad es la capacidad de actuar de manera autónoma y asumiendo las responsabilidades que se desprenden de los propios actos; las buenas costumbres están encabezadas por la facultad de pensar por uno mismo y de hacerlo de manera crítica.

La iniciación masónica trata al hombre y a la mujer como seres adultos capaces de pensar por su cuenta, y llegados a una edad en la que ya han tenido la oportunidad de saborear el acíbar del desengaño. Libres y de buenas costumbres, nos dirigimos hacia el umbral de la logia, y qué mayor impulso a la libertad que darse cuenta de que uno no vive en Disneylandia, de que quienes se encuentran un día otro día se separarán y de que todo lo que nace muere.  Qué mejores costumbres que las basadas en la prudencia, que lleva a no permitir ser manipulado con seducciones ni a manipular a otros por el mismo medio.

La iniciación masónica, para ser auténtica, debe constituir un desengaño para el recipiendario. De hecho, la intención de acceder a ella ya supone cierto grado de desengaño de cosas que quizás hasta determinado momento han sido consideradas valiosas. No existe expansión de la conciencia sin un determinado nivel de decepción de lo que es superficial o carente de sentido. Nadie “ve la luz” ni antes ni después de haber sido iniciado masón. La luz que los hermanos del taller reclaman para quien acaba de ser admitido en sus columnas en el momento de serle quitada la venda de los ojos será experimentada y asimilada de manera personal e íntima, progresiva e irregular. Nadie cae del caballo en una logia masónica porque no entran equinos en ella y no se va de camino hacia Damasco sino que se vuelve la mirada hacia el Oriente. La luz que afluye desde ese punto geográfico ideal y simbolizado no muestra una Verdad arrebatadora sino que paso a paso va desvelando la impostura de las mentiras, mentirijillas y fraudes descomunales que rodean y atraviesan nuestras vidas. Y en este tiempo que vivimos, que es un especial tiempo de imposturas, incluso tiempo de canallas como escribió Lilian Hellman, reaparece lo que Hannah Arendt dio en llamar la banalidad del mal. El mal, una vez más, se muestra con ropajes aparentemente inocuos y rotundamente nocivos: bajo la forma de la trivialidad, la tontería y la estupidez, que conceden excusas como ninguna otra cosa más lo hace para el comportamiento cruel, insolidario, desconsiderado, egoísta y malvado.

La deconstrucción de la tontería y la estupidez –personal y colectiva—es una parte de la tarea iniciática del camino masónico. Para acometer esa tarea, la masonería nos propone una panoplia completísima y muy variada de elementos propios de lo que yo suelo llamar “una metáfora operativa”. Una metáfora operativa es una mentira provisional que aun siendo falsa funciona en la práctica y nos permite alcanzar una verdad, igualmente provisional por más que ulteriormente parezca también funcionar. El simbolismo masónico es una estructura completa, articulada y muy sofisticada de metáforas operativas –él mismo una metametáfora—que permiten proseguir por el camino de la iniciación, es decir, ir más allá de las apariencias para tratar de descubrir posibles significados y verdades subyacentes.

Es precisamente el Segundo Vigilante un especialista en tratar con metáforas operativas. Del mismo modo que Baloo danza y canta con los elementos de la selva, el mentor del aprendiz despliega ante este no tanto signos llamados a devenir símbolos sino ciertas actitudes y maneras de estar. Como guía nativo deberá advertir de oportunidades y riesgos, indicar por dónde se puede avanzar en el camino, identificar peligros que pueden ser fatales. Cuando Baloo canta (”el plátano, es fenomenal…”) lo que hace es desplegar ante el aprendiz la actitud vigilante y perseverante que se produce en la alegría de la esperanza, escenifica el placer de aprender y comunica el entusiasmo que representa descubrir una vida de aprendizaje. Precisamente si la sociedad actual, en tanto que sociedad compleja y rápidamente cambiante, es el aprendizaje continuo la actitud personal y profesional requerida a quienes desean ser vigilantes y perseverantes ante cambios históricos descomunales. En su espacio y a su nivel, el Segundo Vigilante es un experto en tratar con mediaciones y en hacer comprender que los símbolos son, en primer lugar, mediaciones comunicacionales que a diferencia de otras, pueden conducir a la expansión de la conciencia.

También corren ríos de tinta cuyos torrentes arrastran multitud de cantos rodados de estupidez acerca de lo que es o pueda ser la expansión de la conciencia. La orden masónica sabe lo que eso es exactamente: es llegar a ser consciente de las razones de los otros. El Segundo Vigilante en tanto que experto en mediaciones debe ser capaz de introducir al aprendiz en esa nueva vida en una tierra extraña que no está jalonada de signos y emblemas hieráticos sino poblada de seres humanos. Ahí está Akela el lobo o Venerable Maestro, quien reiteradamente pone a Mowgli el aprendiz ante su situación, que es aprender a vivir y a convivir. Baloo el Segundo Vigilante es quien le proporciona de manera inmediata los recursos que se lo van a permitir.

Es en este punto donde a menudo reflexiono sobre la circunstancia histórica en la que deben vivir los Segundos Vigilantes en el mundo de hoy: convertidos incluso a pesar suyo en expertos en mediaciones, en educadores de adultos y en promotores del aprendizaje continuo como forma de vida. Me pregunto también a menudo si realmente son conscientes de ello. La sociedad actual, compleja, cambiante y caótica valora cada vez más los medios y oportunidades para el aprendizaje y el cambio. Se llama a los trabajadores a reinventarse cuando las formas de explotación del hombre por el hombre adquieren modos muy sofisticados de producirse, se arroja al desempleo a ejércitos de obreros por no poder ser ya objeto de extracción de plusvalía y se erige en capataces de obra a quienes no sólo aceptan ser los ejecutores de la explotación sino a los que dominan los procedimientos sociotécnicos que la hacen posible.

El Segundo Vigilante es un formador, pero no de esa laya. El Segundo Vigilante es un educador en tanto que está llamado a ser un liberador, en cumplimiento de su responsabilidad masónica. Y por ello tendrá que estar vigilante y ser perseverante en el descubrimiento de las formas verdaderamente educativas que surgen en su entorno social que puedan serle útiles para llevar a cabo su misión. Creo sinceramente y pido disculpas por ello que mientras en la sociedad profana la formación está adquiriendo medios realmente impactantes de ser llevada a cabo, a veces la imprescindible formación en logia de nuestros aprendices transcurre por caminos que compasivamente podríamos describir como un tanto toscos. ¿Serían capaces nuestros Segundos Vigilantes, y no digamos ya los Primeros, de reinventarse –ahora sí—formándose ellos mismos en habilidades educativas transformadoras que necesariamente deberán ser adquiridas en la sociedad profana para ser adaptadas al entorno masónico? Porque no podemos seguir ignorando de umbral de la logia hacia dentro la excelencia educativa que se está dando en entornos especializados que debieran merecer nuestra atención. Quizás no se trataría tanto de introducir metales en el templo como de enviar fuera de él a los obreros para incorporar nuevas competencias.

 

  1. El secreto masónico desvelado

El Segundo Vigilante acompaña al aprendiz en el inicio de su camino. Y ese camino no es otro que ponerle en contacto con algo maravilloso que él intuye pero desconoce. Esa es ni más ni menos su tarea: mediante la presentación de una actitud personal ejemplificadora, mediante la hábil operación con mediaciones simbólicas, mediante la disposición de sucesivas situaciones iniciáticas, el Segundo Vigilante, del mismo modo que Babalí desbroza trocha para Morcillón y Baloo deshipnotiza a Mowgli de la seducción de Kaa, acompaña al aprendiz por el sendero de descubrimiento de la maravilla a la cual quiso aspirar al solicitar la iniciación. El sendero de la jungla conduce a un lugar mágico y fervientemente deseado porque si no tal sendero no tendría objeto y la vida en la selva carecería de sentido. Mowgli no es animal sino humano, y por tanto no le basta con vivir y coexistir; todo humano está llamado a descubrir el sentido y a vivirlo plenamente, mediante la autoconstrucción de un sentido significativo para sí y sensible en su experiencia.

Detrás del entramado del simbolismo masónico se encuentra una maravilla, precisamente una maravilla tan maravillosa que todo el mundo tropieza con ella. Tal maravilla es nada menos que el secreto de la masonería, tan anhelado por unos como tergiversado por otros. Y ese secreto maravilloso no es una clave para descifrar un arcano, una fórmula para conseguir un objetivo o un don para realizar los deseos. El secreto de la masonería es el siguiente: el aprendizaje progresivo de una manera de mirar las cosas, el mundo y sus gentes. El secreto masónico es el secreto de saber mirar y ver, y por tanto es ciertamente el secreto más oculto de todos. El secreto masónico es una mirada, una mirada en permanente construcción, una mirada que no revela una Verdad con mayúsculas y que no puede ser adquirida mediante artificio alguno ni por el desarrollo de ninguna habilidad especial. Por eso tal secreto, como todo secreto digno de tal nombre, está a la vista de todos –como la carta escondida del cuento de Edgar Allan Poe—y no puede ser comprado, fabricado, reproducido ni adquirido sino descubierto. Es decir, des-cubierto, hecho aparecer una vez ha sido levantado el velo que lo cubría. La mirada masónica desvela la realidad –por lo menos pretende hacerlo—y desvela a quien la porta; le despoja de los velos que le impiden ser reconocido como humano por los otros humanos.  Y ese secreto no es unívoco –es decir, que no habla con una sola voz—sino que adquiere formas y cualidades distintas para cada persona que lo descubre. No hay una Verdad imperativa a la que todos se deben adherir, existe una experiencia verdadera que todos pueden realizar.

No todo el mundo sabe ver. Nuestra estupidez nos hace ver solamente lo que deseamos, del mismo modo que Carpanta veía pollos asados por todas partes a causa de la gazuza crónica que padecía. Vemos lo que es o se parece al objeto de nuestro deseo, tenemos en cuenta únicamente aquello que nos puede beneficiar y consideramos las cosas del modo que mejor se corresponde con nuestra concepción de la realidad.

Por eso la iniciación masónica puede conducir, con tiempo y suerte, a una expansión de la conciencia, como hemos dicho. No mediante la inducción a estados que conlleven la modificación de la percepción y el proceso de lo que sus puertas proporcionan a la mente sino a través de esa ampliación de la conciencia que significa tener en cuenta las razones de los otros, como no nos cansaremos de insistir. La tontería estúpida de la trivialidad siempre se las arregla para poner a uno mismo por delante de los demás. Siempre hay justificación para que sea el interés propio el que prevalezca. Contar con las razones de los otros, respetar y comprender sus motivos, dar espacio a los intereses de los demás, eso es lo que queremos decir cuando hablamos de tolerancia. Qué es democracia sino gobernar con el consentimiento de los gobernados basado en el reconocimiento mutuo. Aquí viene a cuento un breve relato sapiencial zen: “Maestro, deseo la iluminación”. “Pues deja de mentirte a ti y de mentir a los demás. Eso es la iluminación”.

Mentirá aquél que haya solicitado ser iniciado a la masonería y diga que no anhelaba la persecución de su secreto. El propio ritual nos dice que somos iniciados “a los misterios y privilegios de la masonería”. Mentirá aquel que no haya albergado en su corazón, en su mente y en sus manos el deseo de acceder, siquiera sea efímeramente, a ese misterium magnum que parece sernos prometido cuando nos damos cuenta de que la vida es, como decía John Lennon, lo que nos sucede mientras andamos ocupados en otras cosas. Y mentirá quien declare no haber sido víctima de fenomenales fraudes sustentados en esa noble aspiración si es que ha sido un buscador perseverante.

Aquellos que se presentan en las puertas del templo con la intención de ser iniciados en la masonería saben que el comienzo de su carrera masónica consiste en ser recibidos aprendices en la logia. El candidato a aprendiz francmasón es una persona libre y de buenas costumbres, animada por la voluntad al bien, que busca sinceramente el esclarecimiento de su camino de vida y desea encontrar sentido –nótese que digo sentido, no el sentido—al ser y al devenir. Podría haberse dedicado al estudio de la filosofía, el pensamiento, las humanidades y las artes y llevado a cabo investigaciones y reflexiones consecuentes con tal misión. Podría haber aspirado a desarrollar una fe religiosa mediante la adhesión no a un credo o una iglesia sino –si se trata de alguien verdaderamente noble—a la regla áurea de hacer a los demás lo que desea que con él se haga. Podría incluso haberse aproximado a una tradición espiritual encarnada en una personalidad singular, ejemplo vivo de una enseñanza trascendente, para emprender otro de los caminos posibles en la realización de las verdades superiores  que consiste en la sujeción a la disciplina del aprendizaje personal. Y podría, como hace la mayoría, asumir y ostentar las proposiciones de alguna Gran Idea cuya puesta en práctica e incluso su mera defensa concede el avance por el camino del progreso (podría incluso emprender la no menos ingente tarea de la negación de una o varias de esas Grandes Ideas montado en esas alas icarianas del escepticismo que sana de unos males e inocula otros).

El candidato a la iniciación se dispone a agacharse en su paso entre la columna J y la columna B a sabiendas de que lo que le espera tras el umbral de la logia son otras personas iguales a él. Les supone esclarecidos quizás por algún reflejo de ese secreto que intuye y anhela pero les sabe iguales a él a causa de su juramento o promesa sobre la divisa de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Desea sumarse a ese grupo del cual ignora los rostros individuales pero en el que busca el calor colectivo. Ningún hombre es una isla pero las campanas están hechas para que el sonido que brota de su doblar sea recibido por los seres humanos agrupados en colectividad. Quizás las campanas doblen por mí pero su sonido será escuchado inevitablemente por todos.

Porque la labor de edificación del Templo de la Humanidad no es una tarea que pueda o deba ser realizada individualmente. El recorrido del aprendiz hasta que le sea concedido el aumento de salario tampoco es un transcurso individual, por más que a menudo pueda sentirse solo. Uno no es masón por sí mismo: cuando se le pregunta por tal condición –“¿Sois masón?”– responde ritualmente: “Mis hermanos me reconocen como tal”.  La masonería no es colectivista ni comunitaria, propone el ideal de “un masón libre en una logia libre”. Esa libertad es la democracia. Y el fundamento de la democracia no es, como a primera vista pudiera parecer, el sufragio universal, la representatividad delegada o el principio de igualdad. La democracia cuelga de un punto fundamental y solamente de uno: el reconocimiento mutuo. Y de ese reconocimiento mutuo dimana la iniciación permanente en la que Baloo guía y a la que Akela apunta. Lo expresa bien la divisa del Supremo Consejo Masónico de España: suum cuique ius, a cada cual su derecho.

La iniciación a la masonería es pues, o debiera ser, la iniciación a la esencia, el corazón y la razón de ser de la democracia.

 

  1. La iniciación es iniciación a la tolerancia y a la democracia

La masonería moderna nació como un medio de superar las graves divisiones producidas por las guerras de religión, por el rechazo al diferente, por la ostentación del mayor pecado de todos que es el deseo de tener razón. Los fundadores de la llamada masonería especulativa no eran unos ingenuos sino personas que habían experimentado en sus propias carnes los males de la intolerancia. Esas guerras de religión no eran confrontaciones entre creencias sino oposiciones violentas de razones de estado, de primacías económicas y principescas, de imperios y gobiernos de las personas, las tierras y los bienes. Ocho millones de europeos perecieron en la Guerra de los Treinta Años. Las ideas religiosas contrapuestas en este combate no eran, como cree cierto materialismo vulgar, meras superestructuras que actúan como excusas de intereses no declarados sino verdaderas cosmovisiones que justifican la negación del otro e incluso su eliminación, cívica, política o física. La masonería, y de ahí su grandeza, consiste en la desautorización radical de cualquier razón negadora del otro fruto de una u otra cosmovisión, de uno u otro interés por legítimo que pueda ser; el rechazo radical de la lógica del enfrentamiento, de la oposición inevitable y de la necesidad de subsistir negando al otro y con ello prevalecer.  El clamor de la masonería es el mismo de Miguel de Unamuno ante Millán Astray y sus secuaces: “Venceréis pero no convenceréis”.

Cuando el neófito supera las cuatro pruebas y es colocado en la cadena de unión con las manos entrelazadas con quienes desde entonces serán sus hermanos en la logia y fuera de ella es introducido a un espacio de fraternidad, cuyas emanaciones producen una reconfortante sensación de calidez acogedora. Esa fraternidad vivida en el interior del templo masónico está llamada a actuar como fermento, tanto en el interior como en el exterior de esa estancia, de la tolerancia como base y razón de la democracia. Si el aspirante a la iniciación está provisto de un grado de inconsciencia superior al previsible, es posible que haya querido ingresar en la masonería en busca de un conocimiento del que disfrutar de manera personal. Si es así, corresponde a los aplomadores designados por el Venerable Maestro detectar a tiempo semejante motivación, digna pero que es la simiente de un recorrido futuro en masonería torcido en su desarrollo. Lo que el aprendiz recién iniciado descubre al dar sus primeros pasos en logia es suficiente y sobrado para que se dé cuenta del verdadero alcance de tal aspiración.

Nada puede sustituir la labor de profundización simbólica realizada durante los trabajos en logia y la reflexión correspondiente fuera de ella. Si bien es cierto que se produce una “incubación” interiorizada y latente de lo que se vive en el espacio simbólico masónico, lo más importante es que esa vivencia se produce en el seno de un grupo. Ahí apunta una de las labores más delicadas del Segundo Vigilante, la introducción del aprendiz en la armonía entre sus iguales. Por eso Baloo canta y baila, porque la canción y la danza expresan la armonía del grupo que celebra la vida.

Es de este modo que la divisa de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad no es un mero lema o aspiración sino la declaración explícita de cómo funciona el método masónico. La persona es llamada a ocupar su lugar en las columnas de trabajadores del taller masónico, en estricto plano de igualdad con las demás y al mismo tiempo en el igualmente estricto respeto a su individualidad. La fraternidad fruto de esa plena compatibilidad entre lo individual y lo colectivo resulta ser el caldo de cultivo de esa latencia simbólica interior. No se da, o no prioritariamente, un esclarecimiento personal mediante la confrontación íntima con el símbolo sino que se produce una vivencia personal en el seno de un grupo de iguales ordenado simbólicamente. Esa es una, si no la principal, de las características del proceso masónico de esclarecimiento y de lo iniciático en masonería.

Si uno se da cuenta de la sencilla naturalidad con que se produce ese camino descubrirá que ese secreto masónico maravilloso es tal secreto porque, como hemos dicho, al igual que todos los secretos que verdaderamente valen la pena está colocado a la vista de todos. Para poder ver ese secreto es necesaria una condición: aprender a mirar. Nos hallamos aquí ante un nudo gordiano: debemos aprender a mirar para poder ver pero no podremos reconocer el secreto que nos da acceso a la visión si antes no hemos aprendido el arte de la mirada desveladora. ¿Cómo salimos de este bucle? Al darnos cuenta de que  se aprende a mirar empezando por aceptar la visión de los otros: yo te veo y tú me ves; tú existes para mí y yo sé que existo para ti. Por eso la puerta de entrada al secreto masónico es la logia como espacio grupal de reconocimiento mutuo, y por esa puerta deberá hacer pasar al aprendiz el Segundo Vigilante.

La razón de ser, tanto simbólica como civil, de la masonería, es la tolerancia. La tolerancia no está asociada a la masonería por causa de la adhesión de la orden al imperativo democrático y pluralista. Libertad, Igualdad y Fraternidad, las tres ruedas que permiten el funcionamiento del método masónico, producen el reconocimiento. La masonería rompe con las dinámicas del enfrentamiento, la exclusión y el rechazo del otro y de sus razones en tanto que asume como imperativo axial el reconocimiento mutuo.

El reconocimiento mutuo es la fuente de todo derecho; suum cuique ius. Reconocimiento es aceptación de la potestad del otro. No únicamente de su existencia sino de su capacidad de obrar y de la legitimidad de la misma. Por eso somos masones libres en logias libres, tal como viene auspiciado por la Gran Logia Simbólica Española: logia y obediencia son espacios que propician el reconocimiento y la aceptación mutua y si no es así pierden su razón de ser.

Reconocimiento es tolerancia. La tan traída y llevada tolerancia y el sentido a menudo reductivista o incluso deformado que se le da a este concepto nos desvían de su verdadero significado. Tolerancia es el reconocimiento del otro, es contar con la existencia del otro, es comprender, si no aceptar, las razones del otro.

Conviene tener en cuenta que el reconocimiento mutuo se erige en uno de los hilos conductores de la ceremonia de iniciación a la masonería. Cuando el neófito es puesto en medio de la cadena de unión, el postulante pasa a ser alguien cuyo sentido se expresa mucho mejor en la terminología masónica inglesa: “entered apprentice”, es decir aprendiz registrado (y no “entrado”, como malamente se suele traducir, víctimas de lo que los traductores profesionales llaman un “falso amigo”, es decir una palabra que parece aludir a una cosa cuando significa otra). El iniciado, pues, lo es no únicamente a un camino susceptible de ser recorrido y a un espacio propicio para hacer una experiencia sino que la iniciación concierne a todos quienes participan en ella. El neófito es, etimológicamente, una “planta nueva” y una planta sólo puede crecer convenientemente en su hábitat adecuado: entre otras plantas, en un ámbito ecológico determinado.

La iniciación masónica es así una iniciación a lo humano, a lo característicamente propio del género humano que es la capacidad de convivencia, de aprendizaje y de progreso en conjunto con otros seres humanos. El iniciado francmasón no es alguien dispuesto a elevarse por encima de la condición humana para tratar de acceder a una luz que se encontraría sobre  los cuerpos, las conciencias y los azares de las vidas reales de seres humanos reales. Cuando el solicitante de la iniciación ingresa en el espacio iniciático lo hace no a un emporio celeste o a un espacio elevado sobre lo terrenal sino que entra nada más y nada menos que en un taller, un espacio laboral en el que se hallan reunidos unos obreros. Cierto es que ese espacio es considerado un templo, pero lo es en tanto que imagen alusiva a la gran tarea que esos obreros se proponen realizar, la construcción del Templo de la Humanidad. No es un templo en el que se oficia un culto ni se adora una deidad sino un lugar sagrado que lo es porque así lo consideran quienes lo han construido. Y lo hacen porque la tarea a la que se consagran se realiza no a beneficio de una ganancia personal sino a un bien que supera y trasciende lo personal y lo que les pueda beneficiar egoístamente. Eso es lo que significa trabajar A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, que no es una deidad sino la alusión aceptable por todos a un bien que trasciende el provecho personal o grupal.

El Segundo Vigilante es un oficiante de esta iniciación permanente, junto con el Primer Vigilante y el Venerable Maestro. Pero es además un agente propiciador de una cierta actitud y probablemente de un determinado estado de ánimo. Sus armas son su capacidad didáctica, su aptitud para operar con las mediaciones comunicativas y simbólicas y su habilidad para crear espacios de habitabilidad sociable a su alrededor. Vuelvo a preguntarme qué apoyos tienen nuestros Segundos Vigilantes para  actualizar permanentemente su aptitud didáctica y pedagógica. Y me pregunto también si el conjunto de la logia es consciente del alcance de su responsabilidad y de su papel central en la iniciación permanente que exige el camino masónico. Vivimos tiempos en que la estupidez y trivialidad que siempre nos amenazan se presentan bajo la forma de la solemnidad fingida y falsa que hurta el cuerpo a la comunicación natural entre personas, bajo el ritualismo que supone desconocer la esencia y la razón del verdadero Rito y bajo la tentación de fiar a las estructuras organizativas lo que corresponde a las agrupaciones humanas cálidas y cordiales. Ojalá nuestros Segundos Vigilantes sepan cantar y danzar como Baloo para ayudar a nuestros aprendices tanto a vivir en la selva como a salir de ella en busca de la luz. Cantad conmigo: el plátano es sensacional.

 

 

 

 

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