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El Reiki y la tentación elitista, un camino de ida y vuelta

usui

GABRIEL JARABA

Cuando yo comenzaba a interesarme en el Reiki, poco antes de la década de los 80, era dificilísimo encontrar un maestro en tal arte. No digamos ya acceder a la maestría, que por aquel entonces costaba 10.000 dólares, según la tarifa unificada impuesta por la Reiki Alliance. Acceder, pues, al primer nivel de Reiki era, en aquella época, un verdadero acontecimiento en la vida de una persona. Ahora, en cambio, se hace Reiki I en un pispás, escogiendo entre multitud de ofertas y a precios no sólo razonable sino tirados. Me parece mucho mejor. Desde el primer momento en que entré en contacto con el Reiki, tuve el convencimiento de que debía ser apeado de las limitaciones elitistas que se le habían impuesto y quedar al alcance de todo el mundo.

En la actualidad, el elitismo original en el que el Reiki se encasilló a partir de su difusión por occidente ha desaparecido. Se decía entonces que era necesario mantener un sistema de control sobre la producción de maestros para que la enseñanza se mantuviese fiel a los principios de Hawayo Takata, su divulgadora en Estados Unidos. Se argumentaba que los altos precios implicados eran una condición necesaria para que el recipiendario fuera capaz de apreciar fehacientemente algo que le costaba un precio alto. Pero el Reiki resultó un genio imposible de mantener encerrado en la lámpara, no sé si por lo arrebatador de su capacidad de difusión energética inherente o por la ductibilidad de su método, que lo hace adaptable a cada persona, necesidad y punto de vista. En todo caso, la enorme popularización que ha conseguido parece ser su superación de la prueba del nueve: un sistema de sanación y evolución espiritual que pretende semejante capacidad de regeneración y potenciación debe necesariamente apuntar a una difusión universal.

Hoy día existen centenares de sistemas de Reiki, o que se reclaman de él, añadiendo coletillas al nombre original y a veces distanciándose en sus formas, incluso notablemente, del modelo original recibido en occidente. La sensación es, por una parte, de caos y confusión; por otra, de alegría al ver como se ha hecho realidad en nuestras tierras el sueño de Mikao Usui, quizás a unos niveles que él nunca soñó siquiera. A menudo piensa uno que el Reiki es un espejo en el que cada cual proyecta sus propias aspiraciones espirituales y sanadoras, su concepto de lo que una y otra de ellas debiera ser y con ello, sus capacidades y limitaciones, sus prejuicios e incluso sus delirios.

 

Ruptura del secretismo

Quienes deseábamos la máxima difusión del Reiki nos alegramos de que desapareciese cualquier estructura de control que pretendiera reservarlo o limitarlo. Por eso apoyamos la posición de Diane Stein, quien, con su libro Reiki esencial publicó por primera vez los símbolos de los 2º y 3º grados, rompiendo así un secretismo que parecía no justificarse. En realidad, Diane hizo más que eso: puso de manifiesto la vocación popular e igualitaria del Reiki y reclamó su acceso por parte de todos, proponiendo precios prudentes para la formación y ofreciendo ella misma plazas gratuítas en sus cursos. A principios de los 90, cuando leímos su libro (publicado en español por Robinbook) un grupo de amigos y amigas que ya practicábamos Reiki y deseábamos acceder a la maestría escribimos a Diane para que viniera a concedérnosla. No pudo hacerlo personalmente pero nos envió en su nombre a Carolyn Taylor, quien desde entonces se convirtió en una gran y entrañable amiga. En lugar de los 10.000 dólares, Carolyn solamente percibió el equivalente en pesetas a 50 euros por cada participante (le pagamos el billete de avión de Estados Unidos a España entre todos).

Con la ola renovadora y desmitificadora de Diane Stein, no sólo los altos precios de Reiki se rebajaron; también se relativizó la importancia concedida a los linajes de transmisión, al mismo tiempo que la confusión en torno a los mismos, debido justamente a las formas más amplias y laxas de difusión del sistema. Si bien continuaban manteniéndose posturas absurdas como “mi Reiki es más puro que el tuyo” o “mi línea de transmisión es auténtica y la tuya no”, esas posturas iban suavizándose y diluyéndose en un clima de apertura e igualitarismo que afortunadamente ha persistido hasta hoy y se ha difundido enormemente.

Eso sucedía a inicios de los años 90, y desde entonces ha sucedido algo que visto desde aquí me resulta curioso. No alcanzo a comprender la razón, pero a muchas personas el Reiki recibido en aquel momento, que procedía en línea directa de Hawayo Takata, les parecía algo incompleto. Quizas porque Takata adaptó al gusto occidental el método, despojándolo (aparentemente) de su dimensión espiritual, a lo mejor porque ella lo recibió ya de un médico (Chujiiro Hayashi), bien porque creyó que los occidentales no podían (o debían) acceder al trasfondo y las formas del Reiki japonés, lo cierto es que su propuesta de Reiki se basaba en un sistema de imposición de manos en posiciones fijas, los cinco principios y la confianza en que la inteligencia de la energía Reiki hace el trabajo. Pero quizás fue el modo que narró la procedencia del sistema para adaptarlo a occidente, en forma de una leyenda con moraleja.

 

Una leyenda y una decepción

Cuando los occidentales descubrieron que Mikao Usui no había sido monje –ni siquiera cristiano– y que su biografía había sido embellecida por su popularizadora, sintieron una decepción, que puso en marcha la sensación de que el Reiki que practicábamos era incompleto y por tanto insuficiente. Obviaron aquí una cuestión cultural muy importante: el sentido de la historia y de la precisión de los hechos que le corresponden es una característica del pensamiento ilustrado occidental que no necesariamente se considera igual en oriente. No es la precisión de lo que sucedió lo que importa allí sino el modo en que hoy nos comportamos con respecto a lo que ayer pudo haber sucedido. En ese sentido, la historia del Reiki, que resultó ser “falsa”, era del todo “verdadera”, pues produjo en nosotros el efecto ejemplificador y estimulante que se pretendía al contarla.

Se produjo, a partir de entonces, una peripecia en torno a “los verdaderos orígenes” del Reiki, un deseo de esclarecer la exactitud del proceso histórico de generación del sistema y, con ello, el ansia de “descubrir” como era el “verdadero” Reiki japonés. Fue el alemán Frank Arjava Petter quien, casado con una japonesa, emprendió primero esa búsqueda, y luego Chris Marsh y otros, hasta llegar a Frans y Bronwen Stiene, holandeses establecidos en Australia, o el canadiense Richard Rivard. Al principio, los sostenedores locales de la tradición parecían hacerse los huidizos, comenzando por los miembros de la sociedad que Usui fundó, que no deseaban relacionarse con occidentales (siguiendo la más rancia tradición aislacionista, y algunos dirían supremacista, del nacionalismo japonés). Las personas corrientes, al conocer que un método de sanación espiritual japonés –cuya existencia desconocían– se había hecho popular y prestigioso en Estados Unidos, sintieron la necesidad de aprenderlo, precisamente de manos de esos occidentales que les devolvían una imagen de lo japonés no sólo aceptable sino admirable en occidente. Y de pronto el ignoto u olvidado Reiki japonés comenzó a emerger a la superficie.

Unos contactaron con Hiroshi Doi, al parecer miembro de la antigua sociedad de Usui pero que mantiene la condición de su afiliación en una discreta y nebulosa ambigüedad, y Doi comenzó a difundir en occidente un Reiki moderno de raíces japonesas en el cual se recuperaba la dimensión de práctica espiritual del método y se proponían ejercicios meditativos y se le asociaba tanto a formas culturales nacionales como a perspectivas supuestamente budistas. El matrimonio Stiene, después de difundir un extenso compendio de las variedades de Reiki existentes, se lanzó a proponer un sistema que no calificaremos de rígido pero que si ofrece formas fijas para las muy diversas dimensiones de la práctica, sostenido igualmente sobre una perspectiva cultural y espiritual rotundamente japonesa. Así, los bieintencinados reikistas occidentales, al descubrir que había un Reiki “japonés” que pervivía en su forma “original” se lanzaron a adaptarse a él y a adoptar sus formas, convencidos de que habían dado con lo “auténtico” que buscaban. Pero, oh maravilla, cada vez aparecían más formas “auténticas” de Reiki propuestas por ciudadanos japoneses que se reclamaban de un linaje “auténtico” (que con toda seguridad lo era, y que incluso se declaraba como tal: jikiden). Algún sistema parecía contar incluso con la ventaja de disponer en el eje central del linaje a una venerable señora que había preservado la antigua práctica “recibida” de Usui: así se iba redefiniendo e incluso fijando un canon de Reiki japonés auténtico que, implícitamente o incluso declarado de forma explícita, sería superior al “incompleto y fragmentado” Reiki occidental popularizado por Hawayo Takata.

Llegados a este punto, observamos que, bajo formas distintas, resurge el viejo elitismo asociado al Reiki que muchos quisimos dejar de lado. Los linajes cobran importancia, los grados 1º, 2º y 3º llevan ahora nombres japoneses (okuden, shoden, shinpiden) con lo que suenan mejor, más distinguido y selecto, la práctica y sus formas son fijadas de acuerdo a un “como debe ser” de patrón (supuestamente) japonés y con todo ello, los precios por la enseñanza e iniciaciones vuelve a desmarcarse de los que se han popularizado para crearse una división en toda la regla: la que existiría entre un Reiki japonés puro, auténtico y de calidad (ahorro aquí las comillas, implícitas en el sentido) y un Reiki popularizado, barato, vulgar y no ajustado a la ortodoxia, división sustentada en cuestiones de dinero, prestigio, exclusividad y recurso a una fuente de autoridad.

La moraleja de este artículo se resume en una frase hecha: para este viaje no hacían falta alforjas. Un servidor, que conoce y practica las formas meditativas de Reiki y se ha informado y documentado de las modalidades en que practican los nuevos legitimistas, se siente tentado a volver a practicar el Reiki “sencillo” de Takata y Hayashi, a desconfiar como otrora de las técnicas, que ahora se presentan bajo formas meditativas, y a conceder a Reiki la capacidad e inteligencia de abrir camino hacia la luz. Sin más y sin menos. Eso sí, a precios asequibles a todos, incluso y muy a menudo gratis, y admitiendo a cualquiera que disponga de buena voluntad, es decir a todos los seres humanos.

Incluso me siento tentado de volver a relatar la leyenda: Mikao Usui era un monje cristiano que enseñaba en una universidad… Aunque sólo sea para fastidiar.

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