Comunicació i xarxa

Comunicación y hegemonía: arrebatársela a la derecha gobernante

gramsci

 

Por Gabriel Jaraba

Los huesos de Antonio Gramsci se debieron revolver en su tumba el día que las fuerzas del gobierno de izquierdas de Catalunya se repartieron el control de algunas instituciones públicas, en la mejor (es un decir) tradición de la lottizacione italiana. A pesar de que el PSC era el socio mayoritario y quien ostentaba la presidencia de la Generalitat, no asumió la gestión de TV3 sino que se la cedió a ERC, que se hizo con ella tan gustosamente como aliviados se sintieron los dirigentes socialistas al despreocuparse de la orientación y el destino de la primera herramienta de influencia ideológica y cultural de Catalunya. Las fuerzas políticas y sociales a la izquierda del PSC se hicieron el sueco.

El problema de las izquierdas –en nuestro país, pero también en el panorama internacional—es que tienen una visión meramente instrumental de la comunicación. Se miran en Berlusconi y opinan que el tipo ha gobernado en Italia porque controla la televisión privada. Piensan que si gobernasen ellos, un hipotético control de los medios les permitiría durar en el poder. Olvidan un hecho tan evidente que pasa desapercibido a simple vista: las elecciones nunca se ganan sino que se pierden. Alguien accede al poder porque existe la condición previa de que quien lo ostentaba ha perdido el favor de los votantes. Y el corolario es que las fuerzas políticas que gobiernan pierden el poder a pesar de contar con la gestión de los medios de comunicación públicos y la influencia en los privados (via legislación, subvenciones, publicidad u otras prácticas menos confesables).

La actual sociedad, que se ha dado en llamar sociedad de la comunicación, es también una sociedad compleja, como la denomina Edgar Morin. El gran sociólogo francés declaraba al diario Le Monde, cuando Sarkozy arrebató la presidencia al partido socialista, que “traté de explicar a la dirección del PS la complejidad de la comunicación actual y su articulación con los entresijos del poder, e incluso me ofrecí para dar un curso estructurado a los cuadros. Se me cachondearon en la cara”.

Estas tres pinceladas escépticas sirven para situar la cuestión: en la actual sociedad compleja articulada en torno a la comunicación como paradigma de producción y distribución de conocimiento, las tesis de Antonio Gramsci sobre cultura y hegemonía política cobran mayor relieve que nunca. No se puede conseguir la hegemonía política si no se conquista la hegemonía cultural. Es tan aparentemente simple de comprender como complicado de realizar. Porque la hegemonía cultural no se adquiere (solamente) gestionando los medios públicos o chuleando (permítaseme la expresión, tan cruda como certera) a los grupos mediáticos para que plieguen su línea a tus conveniencias sino mediante una acción sociopolítica de amplio alcance que no se resuelve en tres días sino que debe responder a una corriente estratégica de fondo mantenida contra viento y marea.

Ahora mismo,  la hegemonía política está en manos de la derecha extrema en España gracias a un trabajo de fondo llevado a cabo de modo gramscianamente impecable por quienes han sabido pozar en las corrientes subterráneas de un franquismo sociológico que es más que eso (existe un conservadurismo vital español que se expresa con lenguaje radical aparentemente izquierdista pero que responde al populachismo irredento y el hidalguismo pauperizado que se dieron en el declive del imperio español con las guerras de Flandes). En Catalunya, la hegemonía de la derecha es fruto de otra estrategia de primera hora también claramente gramsciana: arrebatar la bandera del catalanismo popular a las izquierdas plurales realmente existentes. Y en este caso sí que podemos afirmar, y que me perdonen las gentes de buena fe, que el episodio con el que abríamos este artículo no fue sino la etapa final de una sucesión de actitudes que comenzaron con la apertura de flancos a la operación Tarradellas, concebida para desplazar a las izquierdas hegemónicas –política y culturalmente—del espacio central donde tales procesos de hegemonización se deciden. Después de eso, lo de Pujol fue un paseo militar, liderado por quien había aprendido atentamente del PSUC el modo como se construye la estrategia de hegemonía gramsciana.

Se olvida, sin embargo, un hecho previo, de enorme importancia y alcance histórico: el franquismo jugó sus últimas cartas en la transición pero por entonces ya había sido derrotado gracias a la hegemonía cultural de la izquierda en España, largamente trabajada y duramente conseguida. La historia del movimiento antifranquista corre paralela a la transformación cultural ocurrida en gran parte de España que supone la incorporación progresiva de las nuevas corrientes internacionales en cultura pop progresista, los cambios de costumbres, actitudes e incluso modas que señalan cambios en los valores y prioridades y en el desplazamiento de los paradigmas culturales e ideológicos hacia el campo de la izquierda. ¿Por qué pudo suceder todo eso? No solamente por las ansias de libertad en las que coincidieron viejas y nuevas generaciones, sino porque las nuevas formas, ideas y costumbres eran mucho más atractivas y deseables para la vida real de la gente real que las otras.

El desplazamiento de la hegemonía cultural se produjo a través de la aparición de lo que se dio en llamar “islas de libertad”, espacios en los que, a pesar de la dictadura gobernante, la ideología de la dictadura ya no era operativa sino que había sido desplazada por el nuevo paradigma progresista. Fue la “alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura”, en la que Comisiones Obreras tuvo un papel determinante, la estrategia de fondo que contribuyó de manera fundamental (aunque no única) a tal desplazamiento. Cabe preguntarse pues si, en la actualidad, cuando la crisis nos acerca a zonas limítrofes en el espacio de la democracia representativa (porque no es una crisis sino una contrarrevolución reaccionaria) sería posible pugnar de nuevo por un desplazamiento de la hegemonía cultural, con vistas a la hegemonía política, pero sobre todo por la conservación y potenciación de la democracia misma.

Creo que quienes otrora participamos de esa alianza entre las fuerzas del trabajo y de la cultura y quienes pudieran inspirarse no en ella sino en su eventual actualización tenemos responsabilidades en tratar de empujar en esa dirección. Nunca como hoy los grandes medios de comunicación habían estado tan concentrados en tan pocas manos, pero nunca como hoy las posibilidades de abrir espacios de “policentrismo comunicacional” (como teorizó Manuel Vázquez Montalbán) habían sido tan amplias. No solamente por la existencia de internet, sino por la contundente combinación de la red virtual, las redes sociales reales, y los distintos formatos y dinámicas culturales y comunicacionales que su combinación permite.

La lucha por la hegemonía cultural pasa por una ofensiva en toda la regla. Y digo ofensiva en lugar de resistencia. El cambio de dinàmica bajo el franquismo fue cuando la resistencia se trocó en ofensiva: “Yo no fui perseguido por el franquismo, yo fui su perseguidor”, dijo una vez, de manera inolvidable, nuestro llorado compañero
Ángel Rozas.

Una ofensiva por la hegemonía puede adoptar diversas formas, necesariamente, sobre todo porque ha de realizarse en un periodo extenso de tiempo. Pero el resistencialismo en la materia ya lo hemos empezado a conocer, y quizás algunos hayan advertido ya su corto alcance. Personalmente, lo identifico como un riesgo. El resistencialismo puede sobrevenir por ciertas tentaciones muy humanas pero que arrojan saldos estériles: el identitarismo de izquierdas, por ejemplo, incluso en sus nuevas versiones propiciadas por generaciones jóvenes. O el repliegue en espacios subculturales de internet, también, creyendo que el pequeño mundo que las identidades construyen en ella equivale a la totalidad del mundo social. Ciertamente que las identidades fuertes y las subculturas potentes ideológicamente (y estéticamente) son muy importantes en términos de lucha. Pero en este caso la estrategia sería algo más que lucha: la proyección de una lluvia fina sobre la sociedad, procedente de los sectores más conscientes de los trabajadores, asalariados, autónomos, profesionales dotados de distintas habilidades y estudiantes en capacitación, para desplazar el paradigma del lugar a donde lo ha situado la ultraderecha gobernante. Con la inapreciable ayuda de la gente desesperada que se refugia en el individualismo (“todos son iguales; no hay nada que hacer; con un minisueldo me conformo”).

El problema, en todo caso, es cómo se consigue la dinàmica de desplazamiento, como se consiguió hace 50 o 40 años, es decir, haciendo que las nuevas formas sean más atractivas que las viejas. Y la expresión de frustración, angustia, desesperación y, sobre todo, rabia y odio, no es atractiva para nadie (sino para unos pocos que mejor que no resultaran atraídos por ello). Hay que dibujar, parafraseando el título de la película, horizontes de grandeza y no reductos de rabia. Ahí es donde se requiere caligrafía fina, encaje de bolillos y un espíritu alegre y animoso. No solo a pesar de la que está cayendo, sino precisamente por ello. Y todo eso anda escaso. Pero esa ya es otra historia.

Fotografía: Antonio Gramsci.

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