Escriptura i llibres

“¡Colombia vive!”. Un relato de Gabriel Jaraba

jaramillo

Este texto es una narración de un viaje a Colombia, publicado en el libro “Viajar, sentir y pensar”, una obra colectiva de periodismo de viajes. Los beneficios de la venta del libro están destinados a la promoción del pueblo indígena Tarahumara.

 

GABRIEL JARABA
Si alguien ha escuchado o leído la expresión “energía telúrica”, en su sentido poético y vitalista, y no ha estado en América del sur, solo conoce su significado de oídas. Poner los pies en tierra de Colombia y hallar que el cuerpo se sumerge en un medio vital diferente al conocido es instantáneo. El Nuevo Mundo americano no fue solamente una expansión geográfica y espacial del horizonte vital de los habitantes delmundo viejo, sino literalmente un mundo distinto al habitado hasta aquel momento. Recorre desde entonces las venas abiertas del continente europeo un anhelo dificultosamente expresado que parece una añoranza de aquella dimensión insólita hallada en el contacto en la tercera fase sucedido a fines del siglo XV: la añoranza de una vida intensamente vivida y experimentada con todos los elementos del propio ser a la vez: cuerpo, espíritu y energía, abriendo así espacio para que el alma pueda expresarse y salir al encuentro del alma del mundo, esa anima mundi intuida por sabios milenarios y que en su aspecto más contundente se expresa de manera ígnea.
Esa añoranza de una vida enraizada en la tierra y su energía, de un modo de estar en el mundo que sea algo más que el mero desplazamiento por los caminos de un esqueleto revestido de carne y animado por deseos y refrenado por frustraciones, supura por todos los resquicios que deja abierta la cultura basada en el poder y el tener. El Renacimiento y el Romanticismo son momentos privilegiados, en los que el espíritu europeo se permite reconocer esa sed de vida intensa y anhela entonces encontrar unas raíces perdidas, o que cree perdidas, y las busca en la
belleza, la aventura, el heroísmo o la transgresión. Pero esas raíces no se hallan en un país lejano o en una dimensión ignota, sino en el centro de la propia existencia cuando esta se halla conectada íntimamente,
físicamente, con la misma realidad somática del cuerpo y con la realidad energética de la tierra.
 
El camino estaba indicado por las antiguas tradiciones iluminadas de Europa, en viejos anagramas y lemas masónicos como V.I.T.R.I.O.L. e I.N.R.I. Visita interiora terrae rectificandoque invenies occultum lapidem; igne
natura renovatur integra. Penetra en el interior de la tierra y cambia tu perspectiva para hallar la piedra oculta (la piedra filosofal o fuente de la vida); la naturaleza se renueva íntegra por el fuego, lo vivo necesita ser vivificado continuamente por la pasión de la vida para que a cada instante todo resurja como en una palingenesia incesante. La búsqueda utópica por parte de los conquistadores de la ciudad del oro y de la fuente de la eterna juventud fue la expresión mítica, actualizada en las biografías de aquellos europeos trasplantados a un mundo nuevo y vibrantemente vivo, de algo sentido profundamente en el inconsciente colectivo de siglos de existencias anhelantes de otra dimensión de la manera humana de vivir.
Cuando llegué a Colombia a inicios de 1990, comprendí inmediatamente que América es otro mundo. Lo comprendí porque lo sentí de un modo rotundamente somático, con un impacto corporal que no era producto de la presión atmosférica que se da en Bogotá a causa de la altura. Como la palabra agua no moja y no quita la sed, no puedo hacer otra cosa que remitir al amable lector a alguna experiencia en la que haya sentido, siquiera por un instante, que uno encaja perfectamente con la vida y con el mundo y todas las cosas lo hacen igualmente entre sí.
Si tal remembranza no es posible, no puedo hacer más que pedir benevolencia para comprender que en aquel año Colombia vivía una época crucial, en la que la pasión de vivir y el peligro de morir se entrelazaban como una maraña que impedía que el país caminase hacia la libertad. La izquierda colombiana deseaba llamar la atención del resto
del mundo hacia una situación que se había vuelto imposible. Un inicial proceso de paz emprendido por el presidente Belisario Betancur con la guerrilla de las FARC había dado lugar al surgimiento de una nueva
fuerza política de izquierda, la Unión Patriótica, surgida de dos frentes guerrilleros desmovilizados, grupos muy activos de sindicalistas rurales y cuadros del Partido Comunista dispuestos a apoyar una formación
política más amplia.
La Unión Patriótica se presentó a las elecciones presidenciales en 1986 y su candidato, Jaime Pardo Leal, quedó en tercer lugar, con el 4,6 por ciento de los votos. Fue asesinado el año siguiente. El primer dirigente de la UP víctima de atentado murió en el año mismo de la victoria presidencial, y a ellos siguió una larga lista de objetivos:
representantes parlamentarios y líderes regionales y locales, a menudo sindicalistas o dirigentes en apoyo de reivindicaciones de trabajadores. Todos iban cayendo bajo un fuego cruzado urdido por diversos intereses
en fatal convergencia: los paramilitares alzados en armas para combatir la guerrilla pero a menudo erigidos en pistoleros represores de huelgas y protestas pacíficas; mercenarios y “cooperativas de seguridad” que a
menudo incluyen a miembros de las fuerzas armadas y policiales francos (o no) de servicio; y las milicias privadas y sicarios de los narcotraficantes, erigidos en nueva economía emergente y por tanto atractiva para muy diversos observadores.
La Unión Patriótica y las fuerzas de izquierda colombianas quisieron entonces llamar la atención del mundo hacia lo que estaba siendo ya
una operación de exterminio político sistemático. Un genocidio, quizás.
Y si este último calificativo es apropiado para el caso, es porque aquel
episodio terrible no respondía únicamente al ejercicio de la violencia
política. Un genocidio es hijo del odio, descendiente directo del veneno
del alma. El ejercicio de la violencia, incluso letal, no está emparejado
necesariamente con el impulso del odio. El odio nace con un acto de
negación de la condición humana del otro, y del deseo imperativo de
su desaparición, física, inmediata; librarse de una vez por todas de una
otredad que no solamente incomoda o se rechaza, sino que su mera
existencia hace insoportable la propia vida. Es entonces cuando el odio
conduce al exterminio persistente y sistemático.
Es difícil comprender y hacer comprender la naturaleza del odio
y su presencia en las acciones humanas. La cultura progresista hija de
la ilustración adolece de ciertos elementos que permitan ir al fondo de
cuestiones que se gestan en el hondón del alma humana, que resulta toca
do por el mal, sea este contingente u ontológico. El racionalismo niega
el mal ontológico y por eso usa expresiones como “odio irracional”,
cuando el odio es lo más racional del mundo, una elaboración persistente
y estructurada de la negación de la condición humana. Por eso Hannah
a
rendt aludió a “la banalidad del mal”. Pueden hacerse diversas lecturas

164
de las proposiciones de la gran filósofa, pero el mal no es banal, nunca.
Un genocidio es una operación de ingeniería sociopolítica que busca su
apoyo en esa entraña humana donde reside una herida abierta y nunca
sanada que es fruto del miedo y el desamor. Y es por eso por lo que lo
opuesto del amor no es el odio sino el miedo.
Llegamos a Colombia un grupo de personas que desde Barcelona
respondimos a la llamada de la campaña “¡Colombia Vive!”, un intento
de atraer las miradas del mundo de la cultura hacia el genocidio colom
biano que en aquel momento se estaba produciendo. Nos acogieron con
enorme amabilidad diversos dirigentes de la UP, entre ellos un senador,
y durante una semana nos fuimos adentrando por vericuetos a menudo
incomprensibles para nosotros. Porque en esos caminos se entrecruza
ban las rutas de la vida y la muerte, del amor y del odio, de la libertad y de
la opresión. Nada que ver con la violencia política europea, ejercida por
grupos ideologizados y separados del grueso de la sociedad, que ejecutan
episódicamente atentados contra objetivos más o menos definidos. La
violencia política colombiana ha sido considerada como una constan
te en el país, por lo menos desde el asesinato en 1948 del líder liberal
Jorge Eliecer Gaitán, a manos de fuerzas conservadoras que negaron
su liderazgo democrático hasta el final.
a
partir de entonces, sectores y
dirigentes del partido liberal se alzaron en armas y, en una dinámica de
acción-reacción, el país se deslizó por una pendiente de violencia que
culminó en el desarrollo de la guerrilla más antigua y mejor organizada
de
a
mérica, en un conflicto en torno al cual se polarizaron todas las
contradicciones políticas y sociales de un país convulso.
Esos caminos sinuosos nos llevaron a recorrer una Colombia que,
por una parte, aparecía a nuestros ojos como un verdadero continente
lleno de ansias de vivir, una tierra que encierra riquezas que llaman a ser
liberadas y compartidas y un pueblo enormemente culto dotado de una
inteligencia poco común.
a
l salir a la calle, uno advertía que en la esqui
na estaba detenido un motorista enmascarado por el casco, con toda
seguridad un sicario, que vigilaba los movimientos de los intrusos que
éramos un interrogante. Nuestros anfitriones adoptaban precauciones
de seguridad que nos recordaban a las que nosotros mismos tomábamos
cuando luchábamos contra el franquismo en la clandestinidad. Pero un
sicario armado con un arma automática no es lo mismo que un policía
secreta, ni un militante de una organización democrática clandestina

165
equivale a un activista que puede ser acusado en cualquier momento de
integrar un ejército guerrillero y ser ejecutado al instante. Los genocidios
no siempre tienen lugar en escenarios de noche y niebla; el odio no es
una explosión en una noche de cristales rotos sino un ejercicio sistemáti
co, de origen multipolar, ejecutado con fidelidad a las órdenes decididas
con planificación.
No vimos odio en las expresiones de nuestros anfitriones; sí en la
disciplina de quienes saben que la autoorganización es su única salvación.
Tampoco lo vimos en las vidas de gentes empobrecidas que se producían
con la alegría que sorprende tanto a los europeos que transitamos de
vacaciones por aquellos países. La música rítmica lo impregna todo y
la convocatoria a una rumba supone tanto una noche de evasión como
una explosión desesperada de unas ansias de vivir que se teme que no
puedan ser colmadas. No se palpa tampoco odio en el ambiente. Pero sí
el modo como el miedo invade los espíritus y hace que el lenguaje adop
te formas alambicadas para no decir lo que se pretende expresar, que
construya un entramado muy sofisticado de cautelas, silencios y frases a
medias. El español se sorprende cuando toma como referencia su propia
historia de expresión verbal de los conflictos violentos. Esa verbosidad
rotunda con insultos directos y desplantes despreciativos, que se ofrece
hoy día en los espectáculos de la televisión española ultrarreaccionaria,
que es descendiente directa de la violencia verbal parlamentaria de las
Cortes republicanas, y que halla su destilación exquisita en la literatura de
combate falangista, no tiene nada que ver con la coloquialidad polémica
extremadamente cautelosa de aquel país en aquel momento. Incluso el
extremismo ideológico o ideologizado expresado en el seno del propio
bando constituye un ejercicio laberíntico de alusiones y eufemismos,
una suerte de lexicografía cuyo parangón solamente se encuentra en
el mundo del abertzalismo vasco o el de la disidencia en las dictaduras
comunistas.
Y era esa prisión del lenguaje la prueba más patente para mí de
la situación opresiva que enfrentaba a aquella gente. No ya la presencia
sospechada de paramilitares, sicarios, guerrilleros, espías, cerniéndose
sobre actividades culturales, militantes, sociales, que pudieran afectar
unos u otros intereses. Es en esa extrema cautela expresiva y argumen
tativa donde percibí el apestoso tufo de la falta de libertad. Si el odio
extermina al ser humano, comienza a hacerlo por el centro de su propia

166
esencia, que es la constitución lingüística y simbólica de la mente. No
son pistolas sino palabras las armas con las que se dirime la lucha entre
libertad y sometimiento. Y a veces, el sometimiento más perverso de
todos, que es el autoimpuesto por la lógica de la guerra dentro de las filas
del propio bando.
Vive en Colombia una comunidad de personas de raza negra que
es un singular ejemplo para el mundo. Son los cimarrones, descendientes
de negros africanos, que fueron secuestrados, como todos los suyos, para
ser hechos esclavos en
a
mérica. Pero aquellos hombres huyeron de sus
captores al llegar a Colombia, se establecieron en las montañas, fuera del
alcance de los esclavistas, y hasta hoy han vivido en libertad.
a
doptaron
orgullosamente el apelativo denigratorio (cimarrón: cabeza de ganado
escapada) y lo mismo hicieron con formas de vida comunitarias basadas
en el apoyo mutuo y la cultura de la libertad. Escuchar el discurso de un
líder cimarrón en uno de los coloquios de la campaña “¡Colombia vive!”
me conectó de nuevo con la sensación de vitalidad profunda y enraizada
en la sabiduría de la tierra. Pocas veces he escuchado a hombres tan
sabios en escenarios culturales o universitarios de Europa.
a
quel hom
bre, dirigente obrero, no hablaba a media lengua y exhibía un aplomo
envidiable, vistiendo un bien cortado traje claro y con un dominio de
la lengua castellana que haría palidecer en la comparación a cualquier
licenciado universitario español. Un relámpago me trajo a la memoria la
figura del Noi del Sucre, el sindicalista catalán de los años 20, que marcó
un antes y un después en el movimiento obrero español, figura mítica y
aún añorada por quienes tienen memoria.
La memoria personal es una lanzadera que entreteje elementos de
la biografía para construir significados con ellos. En Cartagena de Indias,
en la costa caribeña de Colombia, se rinde aún hoy homenaje al recuer
do de San Pedro Claver, el santo jesuita catalán que se hizo “esclavo
de los esclavos”, denunciando con sus acciones y palabras el oprobio
reinante en aquel puerto negrero. En el barrio donde yo nací, el Poble
Sec barcelonés, lleva el nombre de Pedro Claver un pequeño edificio gris
cercano al puerto, que es una escuela de formación profesional orientada
a la liberación por medio de la cultura y la formación.
a
llí en Cartagena,
en lo que fue núcleo decisivo del negocio esclavista, convertido hoy en
centro turístico, comprendí quién era y qué era la raza de personas a las
que pertenecía aquel desconocido santo de mi infancia, porque tanto él

167
como el líder cimarrón se habían liberado del peso de las cadenas, sobre
manos, pies y palabras.
La energía telúrica que desprende la tierra colombiana es un portal
de ingreso instantáneo a esa dimensión, en la que cuerpo, espíritu y alma
vibran al unísono al compás de la vida una. Hubo hombres que lucharon
por devolver la experiencia de esa energía desde el campo de la psicología
humanista, y algunos, como Wilhelm Reich, sucumbieron bajo la tiranía
maccarthysta o, como Roberto
a
ssagioli, fueron desterrados y encar
celados por el fascismo mussoliniano. Otros, como
a
lexander Lowen
y Matthias
a
lexander, consiguieron enseñar métodos que desvelaran a
los hombres urbanizados la necesidad de vivir más allá de cárceles de
palabras y conceptos, aprisionados en última instancia en unos cuerpos
alienados de la fuerza de la vida. Esa fuerza pugna hoy por hacerse sentir
en todos aquellos lugares del mundo en los que el poder del dinero, el
poder de la razón instrumental de la tecnología y el poder del poder por
el poder encadena a los seres humanos. La tensión y la angustia que vivi
mos en la presente época no es otra cosa que la pugna de esa energía de
la vida por hacerse presente en las vidas de las personas y de los pueblos.
Esa pugna la percibí surgiendo de la tierra de los valles y montañas, de
las calles y plazas, del mar y de las islas de Colombia.
La fuente de la eterna juventud y el sueño de la ciudad edificada
con oro puro siguen manando, inagotables, reclamando su descubri
miento. Pero para poder beber de esas fuentes, es necesario identificar la
energía vibrante que brota aquí y allá de todas las manifestaciones de la
vida, de la luz del espíritu y de las voces de los ancestros que nos llaman
a vivir una vida humana. Sí, Colombia vive. Pero debemos aprender a
romper las barreras que el odio construye en nuestros corazones y en
nuestras mentes, y que se expresa mediante la tenaza del miedo en nues
tras palabras y nuestros actos. Fue en aquel recorrido de breves días por
la patria colombiana donde comprendí que se lucha por la libertad, no
por fidelidad a unas ideas sino por necesidad de enraizarse en las fuerzas
de la vida en pugna con el veneno del odio. Y por eso, más de veinte
años después, encuentro en Colombia y en su telúrica energía vital una
luz que guía y vivifica.
Cuando regresaba a España compartí el vuelo con Bernardo
Jaramillo, líder de la Unión Patriótica, que buscó un camino de salida a
la acción guerrillera hacia la democracia y una vía de avance al socialismo

168
más allá de las prisiones de palabras y conceptos. Fui de los últimos
españoles que le trataron en vida, pues al regresar a su país de aquel viaje
compartido, Bernardo fue abatido en el aeropuerto por un sicario. Lo
mataron las armas y las palabras que dirigen el impulso de las balas, la
acción del odio materializada por las ideas y las obras. Llegará un día en
que yo veré a Colombia liberarse del odio que esclaviza los pies y ata las
lenguas. Lo veré, y estoy convencido de ello. Y aquel día me acercaré al
edificio gris de mi barrio que alberga una escuela dedicada a la memoria
del santo cuya vida ignoraba en mi infancia de niño obrero y depositaré

en su puerta una flor. ¡Colombia vive!

 

“Viajar, sentir y pensar”. José Manuel Pérez Tornero y Santiago Tejedor, coordinadores. Editorial UOC.

SUBSCRIVIU-VOS A LES ACTUALITZACIONS PER CORREU LECTRÒNIC

Només cal que envieu la vostra adreça de correu a l'enllaç següent (les vostres dades seran custodiades).
Subscriviu-vos a Gabriel Jaraba Online per correu electrònic